Mi última entrada


Era difícil y hasta imposible presumir con seis o siete años, dentro de un aula escolar de veinticinco niños, quienes irían por buen camino y quienes correrían por la vida luchando contra las leyes y la justicia, o lo que conocemos por justicia.

No por ser el hijo del herrero del pueblo le augurábamos a Kelly un incierto futuro, sino porque el primer día de clases la maestra nos pidió colorear una hoja, solo una,  del cuaderno de trabajo y, cuando todos entregamos la actividad, él levantó la mano y su altisonante grito: "¡Pinté todo!", silenció al salón.

Todos nos miramos y admiramos su hazaña, sí, hazaña, esa de terminar la tarea de un año en una sola mañana. Bastaron unos veinte segundos para acercarnos y darnos cuenta de que efectivamente, él había pintado cielos, soles, arboles, pájaros y caras del libro de tareas, pero todo de color negro, sin líneas, sin matices, negro absoluto.

El resto de nosotros vivíamos en la normalidad de la infancia. Por las mañanas las clases tenían dos recesos. El primero para comer y el segundo para afinar la puntería con la pelota. Según la temporada del año, jugábamos fútbol o béisbol, pero aquella primera semana de octubre coincidía con la temporada del bate y la pelota, tocaba béisbol

En el patio de mi escuela, típica de pueblo, había dos espacios enormes: un mini conuco para cada grado que permitía, como proyecto escolar, sacar dos pequeñas cosechas al año; y otro terreno invadido por una grama verde, de un verde vivo. Un verde de pueblo con techo azul azul; esa grama que nunca vi quemada y que no necesita ingenieros, sino gente que le dé vida cada vez que se jugara a la pelota con el pie o con las manos.

Intenté jugar en todas las posiciones en ese segundo receso: pitcher, catcher, primera y segunda base. Confieso que la que más me gustaba era la de pitcher, pero era donde tenía mi peor desempeño. Eso de lanzar la pelota y ponchar a tres niños se convirtió en una tarea titánica que demandaba mucha práctica y mucho brazo. Ante mi falta de efectividad, me mandaron a los jardines; la parte trasera, la zona que más me aburría, la del castigo. Era igual a cuando en el fútbol me tocaba ser portero o árbitro.

 

​El no ser beisbolistas de nacimiento nos obligaba a improvisar todo, La pelota era una bola de papel forrada de teipe negro que le daba cierta durabilidad. El bate era cualquier palo, generalmente partido de una escoba mal parada y el guante estaba hecho con los restos de un vaso de leche de cartón. Las piedras hacían de almohadillas o, en el peor o mejor de los casos, la base era un suéter azul escolar.

 

Así como quería ser delegado escolar; quería figurar en el pitcheo, porque el pitcher era quien se robaba las cámaras en las transmisiones de béisbol en la lomita y le dedicaban la medalla, en forma de frase: ¡papita, maní, tostón!, cada vez que ponchaba al bateador. Lanzar no solo era la velocidad o la fuerza, era también la curva, el cambio, el slider o la recta.

Decidí empezar a entrenar todas las tardes porque la lomita y la fama me esperaban. El primer día saqué parte de mis ahorros y apenas me alcanzó para comprar una pelota de goma con las costuras similares a la de beisbol.

En el garaje de mi casa armé un espacio similar al del cátcher, con un orificio que simulaba la zona de strike. Sin embargo, no era tan cómodo practicar solo: luego de cada lanzamiento tenía que correr a buscar la única pelota que, sinceramente  nunca fue strike. Solo pude hacer siete lanzamientos porque, en el octavo, la pelota rebotó mal y se fue a la quebrada para no verla nunca más.

 

Sin pelota, sin cátcher, sin compañeros y con una infinita frustración acumulada por mi nulo avance, mi falta de puntería y mi escaso talento en cualquier posición, agarré una piedra enorme. Totalmente consciente de mi insuficiente efectividad, la lancé con desespero como si fuera el último out, mi última entrada para drenar el momento, apuntando a un pajarito que sobrevolaba mi casa.

Al estilo Roger Clemens, uno de los mejores lanzadores de la época, la piedra fue directa al corazón del inocente visitante, que irremediablemente cayó tendido al piso. Salí corriendo al lugar de la caída y, entre sollozos, sorpresa y dolor, le pedí perdón; porque uno de aquellos veinticinco niños, que no había pintado diabólicamente todo de negro, había acabado con su vida.


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